Sustentabilidad es, en un sentido amplio, la capacidad de mantener indefinidamente un estado o proceso. En sentido ecológico, se podría entender como la capacidad de un ecosistema para mantener sus procesos, funciones, biodiversidad y productividad en el futuro. Para que los seres humanos vivan de manera sustentable, los recursos de la tierra deberían usarse a una tasa tal que les permita ser restablecidos. Sin embargo, es evidente que la humanidad está viviendo de una manera incompatible con este requisito, en contravía con los límites que la propia naturaleza fija.
Hace poco más de dos décadas, el Informe Brundtland subrayó la necesidad de armonizar las dimensiones económica, social y ambiental en el desarrollo, acuñando la definición más conocida y aceptada sobre el “desarrollo sustentable”: aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las suyas. Este enunciado le abrió la puerta a una variedad de interpretaciones y equívocos, al no fijar condicionantes precisos al desarrollo. Cualquiera pudo entonces argumentar “válidamente” que sus actividades o productos eran “sustentables”, por cuenta de estar aportando algún beneficio de orden económico, ambiental o social, sin importar cuán su insignificancia frente a los desafíos reales de la sustentabilidad.
El desarrollo sustentable se convirtió así en mero discurso: una frase de cajón que disfrazó el hecho de que la sustentabilidad no será realizable sin modificaciones de fondo en la sociedad que conocemos: en sus valores, en sus hábitos de consumo, en sus formas de habitar las ciudades, de utilizar los recursos naturales, producir bienes y disponerlos al final de su vida útil.
¿Cuáles son los límites del crecimiento y de su consecuente demanda de recursos naturales? ¿Cuáles son las necesidades presentes que se justifica satisfacer y con qué criterio se eligen? ¿En qué condiciones será posible la sustentabilidad? Es un hecho que la tierra es un sistema cerrado en relación con la materia que la ocupa, y esta realidad condiciona la posibilidad de incrementar indefinidamente la extracción de sustancias útiles por la sociedad. Es evidente que la capacidad de regeneración de los ecosistemas que sustentan la vida se está viendo sobrepasada por el continuo incremento y acumulación de sustancias contaminantes hechas por el hombre. Es claro que la pobreza y las desigualdades sociales no son sustentables: no hay mayores depredadores del ambiente que el hambre y la falta de educación. Claramente, no todo lo que se proclama “verde” es sustentable: los desafíos de la sustentabilidad sobrepasan en mucho este adjetivo.